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¿Mi nombre? ¿Qué puede importar mi nombre?
¡Eso es lo que menos
importancia tiene ahora!
¡Recuerdo ese día, como si lo estuviera
reviviendo!

Estaba allí, acostada, en aquella fría y deprimente camilla
de un hospital. Me internaron de emergencia, para hacerme una
cirugía, mi estado era de gravedad. ¡No me
aseguraban!
No hubo tiempo de saludos ni de despedidas.
¡Todo fue tan
repentino!
Cuando entré a la sala de operaciones, vi a mi alrededor a mis seres
amados; estaba mi esposo con una mirada de pánico que nunca
olvidaré. Se derrumbaba entero de dolor, en ese pasillo tan angosto.
Mis hijos...me miraban desde lejos con lágrimas en sus ojos.
Recuerdo levemente sus palabras de apoyo; las mismas que resonaron
en mí durante el tiempo que permanecí adentro.
-Mami- "todo saldrá bien. ¡Ya lo verás!"-decía mi hija menor sin
poder contener el llanto. -Mientras- los otros dos, se fundían en un
gran abrazo, como queriendo darse fuerza el uno al otro.
Yo, sólo miraba y asentía con mi cabeza, con un movimiento tan
suave, que apenas alcanzaba a notarse; pero mi corazón les gritaba:
"quédense tranquilos, tengan fe, Dios es
grande."

Lo que sucedió luego,
es lo realmente extraño de esta
historia.

Estaba en plena operación, había sido anestesiada;
llevaba horas en
esa sala. -Parece- que no habían muchas esperanzas. ¡No sentía nada!
Estaba dormida.
Después de un gran lapso de tiempo de estar en aquel lugar
-repentinamente- fui sintiendo una paz profunda en mí, un silencio
elocuente que me envolvía. Sentía como mi alma, se iba desprendiendo
de mi cuerpo sin poder evitarlo.
¡Y comencé a elevarme! -No entendía lo que ocurría.-
Me estaba viendo a mí misma desde arriba, como si estuviera elevada
en una gran nube. Podía observar las paredes, las lámparas,
todo el equipo médico en torno a mí.
Veía, cómo aquellos doctores y enfermeras, bregaban con mi
cuerpo.
Algunos de ellos, movilizándose de un lado a otro, conectando tubos,
aplicando agujas.
Sus miradas...¡eran de espanto!
¡Máquinas por doquier!
Se murmuraban unos a otros: "¡se nos
fue!"
Mi cuerpo permanecía inmóvil, ¡como piedra!
Estaba tan pálida como una hoja de papel. Sin embargo, yo me estaba
mirando, y podía distinguir todo lo que allí estaba
ocurriendo.
Yo les hablaba, en cierta forma "gritaba" para hacerme escuchar.
Les decía: "mírenme, estoy aquí, estoy bien." -¿Acaso nadie me
escucha?- ¡Voltéen a verme, estoy arriba! -pero ellos- ni caso me
hacían. No podían escucharme. Nadie me veía, nadie me prestaba
atención. Yo estaba allí presente; mas como una sombra
insignificante.

Créeme, aún hoy, no comprendo lo que allí sucedió. Yo siempre pensé
que la muerte, era como un viaje a través de un túnel oscuro, hasta
ver la luz al final del camino; mas en mi caso no fue así.
Pude escuchar al cirujano encargado, cuando dijo claramente "ya no
hay nada que hacer". La máquina que detectaba el ritmo cardíaco,
marcó la línea final. ¡Ya no habían latidos!
Mis ganas de vivir eran tantas, que no podía renunciar a la
"vida".
¿Qué sería de mis hijos? ¿Que pasaría con mi esposo? ¿Cómo
renunciar tan fácilmente a todo? ¡Imposible!
Luché porque me escucharan, les decía "¡Hagan algo! ¡Quiero vivir!
¿Qué les sucede? ¡No se den por vencidos!" -pero ellos- no
escuchaban mis reclamos.
Fue justo en el momento que iban colocando la sábana para cubrir mi
rostro, que sentí una fuerza superior a mí, que me empujó desde la
nube, para que regresara a aquel cuerpo.

¿Qué pasó después? -Me contaron las enfermeras-que justo en el
momento en que iban a quitarme las máquinas y a taparme pues me
habían declarado "muerta"; algo extraño sucedió.
Mi cuerpo que había estado sin vida por varios minutos, de repente,
brincó. Las máquinas se volvieron como locas, comenzaron a reflejar
nuevamente los latidos, el pulso volvía a mi cuerpo, la temperatura
comenzaba a tornarse cálida.
En fin...¡había regresado!
-Todos-¡Absolutamente todos los que allí estaban, habían sido
testigos de
un gran
milagro!

No sé si creas en los milagros, no sé siquiera, si creas en mi
relato. Antes de esto, yo no creía en nada ni en nadie.
Sin embargo, ese día, aprendí una gran lección de vida:
¡No hay que dejarse vencer!
Mientras haya una esperanza, hay que
luchar.
Yo, regresé de la muerte, porque mi propósito en la Tierra, aún no
se había cumplido. Dios me obsequió otra oportunidad; aquí estoy
contando lo sucedido, para dar testimonio de que "ni siquiera la
muerte puede vencernos, cuando la lucha se hace de corazón".
Aquí estoy yo, viviendo en la luz día a día, y soy testigo fiel de
que para Dios:
¡nada es
imposible!
Mÿçh꣣ë
©Derechos Reservados
>>Basado en una historia de la vida real.<<
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